Hay momentos en que una canción nos envuelve, nos sobrecoge, nos hace llorar sin saber por qué. No es solo la belleza de las notas o la letra, es algo más profundo: como si una verdad escondida se despertara dentro de nosotros. Santa Hildegarda de Bingen, mística, doctora de la Iglesia y mujer de profunda sabiduría, decía que “el alma es sinfónica” y que la música verdadera “es el espejo de la armonía de las esferas celestes y de los coros angélicos”.
¿Qué quiere decir que el alma es sinfónica? En su obra Scivias, Hildegarda explica que, así como la palabra expresa el cuerpo, la sinfonía manifiesta el espíritu. Es decir, nuestra alma tiene una estructura musical, vibracional, hecha para resonar con Dios. Cuando vivimos en paz, en gracia, en verdad, hay armonía. Cuando hay pecado, egoísmo o desorden, la vida desafina.
En la vida cotidiana, muchas veces sentimos esa disonancia: el estrés, los conflictos familiares, las injusticias del trabajo, el ruido constante. El alma se tensa. Pero también hay momentos de armonía escondida: una conversación serena, una comida compartida, un gesto de perdón, el canto suave de una madre a su hijo. Todo eso, aunque no suene en un escenario, es música para Dios. Es allí donde el laico evangeliza: no tanto con discursos, sino haciendo sonar una melodía distinta.
La belleza —especialmente la musical— tiene un poder evangelizador silencioso pero profundo. Porque habla un lenguaje universal. No todos entienden de teología, pero todos saben cuándo algo es bello, cuando algo toca el alma. Por eso, un laico que vive su fe con armonía, con alegría serena, con equilibrio, está haciendo sonar una sinfonía. No necesita imponerse. La belleza atrae por sí misma.
Santa Hildegarda decía que, tras el pecado original, Dios nos dejó la música como un consuelo, como un eco del Paraíso. Es algo que todos reconocemos, aunque no lo sepamos explicar. Cuando en la parroquia cantamos con fe, cuando en casa suena un canto que eleva, cuando compartimos música que habla de esperanza, estamos abriendo pequeñas puertas al cielo en medio del mundo.
Pero esto no se limita a los músicos o a quienes cantan en el coro. Todos estamos llamados a ser melodía. ¿Cómo? Afinando nuestra vida. Afinando nuestras palabras para que sean verdaderas, nuestros gestos para que sean pacificadores, nuestras decisiones para que no hieran, sino sanen. La evangelización comienza por la armonía interior. Una vida en Dios suena bien, aunque a veces esté en modo menor por el dolor.
Y si el alma es sinfónica, la humanidad que busca a Cristo es una orquesta. Cada uno con su instrumento, su tono, su ritmo. Nadie sobra, nadie es igual a otro. Y lo hermoso es cuando, en medio de la pluralidad, surge una unidad. Nadie está aislado. Todos formamos parte de una melodía más grande, que nos trasciende.
Que nuestra vida no sea ruido. Que nuestras casas, nuestros trabajos, nuestras redes sociales, sean espacios donde resuene la paz. Que nuestras acciones —aunque simples— transmitan belleza. Porque cuando una vida se afina con Dios, el alma canta. Y ese canto es irresistible. Es el eco del cielo en la tierra...


