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No dejes para mañana…

Escritor

La herencia cristiana recogida, en el siglo III, por Roma, desarrolló espacios humanos de convivencia sólo empañados por contiendas intestinas. Ese legado, está a punto de desaparecer.

La ucronía pretendió crear escenarios inexistentes. La verdad acabó imponiéndose. El cristianismo generaba paz en el silencio de los monasterios. La política mostró un camino de fracasos achacables al ser humano, que imponía sus obsesiones.

A finales del pasado siglo, algunos filósofos empezaron a descubrir su decepción por la victoria del materialismo. En ese momento, aun no se tenía la sensación de que el edificio ideológico, que había ido formándose a lo largo de cientos de años, estaba comenzando a desmoronarse. Cuando el ser humano creyó convertirse en dios comenzó su peregrinaje hacia el vacío. Las glorias pasadas habían dejado paso a un Continente gris, que perdía importancia a medida que la sangre de los combatientes, en sus múltiples guerras internas, en uno u otro lugar del Continente, lograban que la fuerza de las nuevas generaciones se diluyera en erráticos experimentos sociales y políticos.

En la mayoría de los casos, por inacción, somos responsables de la actual situación de nuestra Sociedad. Durante siglos, Europa fue el eje del mundo. Hoy en día esa privilegiada posición se ha desplazado hacia el Este, colocándose sobre algún desconocido lugar del océano Pacífico.

Lo haré mañana

Alegando prudencia, paciencia o la necesidad de realizar cosas más importantes, vamos retrasando la toma de decisiones. Tal vez, algún día, debamos traer hasta nosotros la frase de Marco Aurelio: "Piensa en todos los años que han pasado en lo que decías, lo haré mañana, y en cómo los dioses, una y otra vez, te concedían períodos de gracia de los que no has sacado ningún provecho”. Nuestro afán por procrastinar está contribuyendo a retrasar la renovación o adecuación de nuestros valores sociales.

El eterno murmullo, generado por el ruido del entorno, nos hace mirar para otro lado. Culpar a los demás de lo que podíamos ayudar a construir nosotros no nos libera de la responsabilidad de hacerlo. El futuro, sea cual sea, será obra de todos nosotros. Sus posibles imperfecciones no se las podremos achacar a los otros. Cada uno tendrá la proporción de responsabilidad que su inacción haya generado.

¿Ayudamos a nuestro entorno?

Es cierto, antes de hacerlo debemos pensar si lo que pretendemos realizar ayuda a mejorar nuestro entorno. Si nuestra aportación añade algo al edificio que intentamos mantener. Si decidimos que debemos hacerlo, hagámoslo y hagámoslo bien. Aceptemos o ignoremos nuestra responsabilidad, debemos tener conciencia de que no existen colaboraciones insignificantes. Todas tienen su importancia, todas construyen futuro. Es necesario innovar, pero sin perder la esencia de lo que somos. Nuestras raíces son la justificación de nuestra existencia.

Construimos nuestra realidad sobre el vértigo de la volatilidad y la incertidumbre extrema, propiciadas por la velocidad a la que se producen los cambios a nuestro alrededor. Desde tiempo inmemorial creemos que el ser humano es algo más que mera materia, que se descompondrá con el paso del tiempo. Vivimos, por tanto, para ayudar a nuestros semejantes en la voluntad de mejorar nuestro medio, de hacerlo más amable y justo. Hacer posibles los sueños de la humanidad es nuestra tarea más urgente. Colaborar en generar espacios de encuentro que permitan eliminar nuestras diferencias, ayuda a sentirnos más felices, más humanos. La violencia, aunque dialéctica, como fuente para reforzar nuestras teorías, genera estupefacción y confusión. El cambio de impresiones enriquece las conclusiones, el conflicto genera desconcierto y tristeza.

Sabiduría y equilibrio

Quien escucha aumenta su sabiduría y se acerca al equilibrio, que nos brinda la naturaleza. El ruido de las olas rompiendo contra las rocas, el trinar de los pájaros o el murmullo de las hojas de los árboles, cuando las acaricia el viento, generan armonía. El desabrido grito causa terror al oyente. Es como si algo se rompiera en un lugar indeterminado. La justicia puede parecernos una utopía, pero, a lo largo de su existencia, las personas siempre han buscado el imposible. El mundo no hubiera progresado si sus ciudadanos no hubieran caminado hacia adelante explorando campos desconocidos del conocimiento.

Nunca hemos tenido la dicha de leer un escrito de Jesús, pero quienes hablan de sus ideas transmiten su constante lucha en favor del amor y la justicia. Luchó por las personas, especialmente por quienes más ayuda necesitaban. Esos de quienes, muchas veces, nos alejamos. Su descontento con la situación vivida nace del amor que profesa a sus vecinos. La injusticia le duele y su corazón busca el equilibrio.