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Luchas contra el error y la herejía

Luchas contra el error y la herejía

El donatismo
Se extendió en el norte de África y su aparición coincide con el reinado de Constantino. Le servía de fundamento doctrinal el error de que el valor de los sacramentos depende del estado de gracia del ministro. Pero la ocasión fueron ciertas rencillas personales. Al morir su obispo Mensurio, el año 311, fue elegido su archidiácono Ceciliano; pero entonces se levantaron sus enemigos y eligieron primero a Mayorino, y al morir éste, poco después, al que era su jefe, Donato. El motivo que alegaron fue que la consagración de Ceciliano no era válida por haber sido realizada por un obispo apóstata.
Intervención de Constantino 
A pesar de que todos los tribunales y personas a que apelaron decidieron contra ellos, los donatistas siguieron en rebeldía. Ante todo, el Papa, con tres obispos de las Galias, se decidieron en favor de Ceciliano. Luego, el procónsul de África averiguó que no era apóstata el obispo que consagró a Ceciliano. En tercer lugar, el sínodo de Arlés, el año 314, decidió que la consagración era válida, aunque fuera conferida por un apóstata.
De nada sirvieron todas estas soluciones. Los donatistas continuaron su campaña, que se fue transformando en una verdadera revolución callejera. Se iniciaron, pues, las medidas de rigor, que luego alternaron con las de blandura; pero ni unas ni otras produjeron efecto ninguno. De este modo siguió la lucha durante todo el siglo IV. San Agustín intervino activamente, y celebró varios sínodos, particularmente el coloquio del año 411. Pero no se consiguió nada de ellos. Poco a Poco los donatistas se fueron extinguiendo.
Arrío y el arrianismo
Mucho más peligrosa fue la segunda herejía, el arrianismo, que exageraba la distinción entre el Padre y el Hijo, llegando a la conclusión de que el Hijo era creado de la nada, tenía principio, era pura criatura, dotado de grandes excelencias sobre todas las demás criaturas; pero no era Dios.
El primero que desenmascaró al nuevo hereje fue Alejandro, patriarca de Alejandría, el cual, ya el año 321, en un sínodo de Alejandría, condenó esta doctrina y excomulgó a Arrió. Éste salió entonces a Egipto, e hizo muchos adeptos en Palestina y luego en Nicomedia. Aquí consiguió atraerse a su obispo, Eusebio, que fue luego su principal apoyo. Así, pues, como resultaron inútiles algunos intentos de dominar este movimiento, se decidió convocar un Concilio.
Concilio de Nicea
Llegaron a reunirse un número respetable de prelados, más de trescientos. Entre ellos se hallaban algunos hombres insignes: Osio, de Córdoba, de parte del emperador, quien junto con los delegados del Papa, Vito y Vicente, tuvo la presidencia; Alejandro de Alejandría y San Atanasio, quien acompañaba, como diácono, a su obispo, Alejandro.
Entrando de lleno en la discusión, se propuso la expresión consustancial, afirmando que el Hijo era consustancial con el Padre; por tanto, verdadero Dios como Él, eterno y sin principio. 
El arrianismo tras Nicea
Solamente dos obispos se negaron a firmar el símbolo de Nicea, que, junto con Arrió, fueron desterrados. Poco después les siguió Eusebio de Nicomedia.
Más, desde el primer momento, todo el empeño de los arrianos se dirigió a ganarse a Constantino. Su Primer triunfo fue que levantara el destierro de Arrió, el año 328. Entonces dirigieron su esfuerzo contra San Atanasio, lo depusieron en un sínodo celebrado por ellos en Tiro el año 335, y, finalmente, lograron que Constantino lo desterrara. A la muerte del emperador, el año 337, arrianismo se encontraba en franco avance.


Compendio de Historia de la Iglesia Católica
Bernardino Llorca, S.F.