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Transfiguraciones diarias

Escritor

. En mi caso, lo confieso, el de la Transfiguración pertenece a este tipo de fragmentos.

Viene a mi cabeza por unos segundos, sí, cuando rezo los Misterios Luminosos del Rosario -es el cuarto-, pero, a diferencia de otras escenas más icónicas, como la Flagelación del Señor o la Asunción de la Virgen María a los Cielos, la de la Transfiguración tiene una imagen medio etérea en mi mente. Recordemos, por un momento, la descripción de los hechos que nos hace San Mateo (Mt 17, 1-8): “Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de Santiago, y se fue aparte con ellos a un cerro muy alto. Allí, delante de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su cara brillaba como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz. En esto, vieron a Moisés y a Elías conversando con Jesús. Pedro le dijo a Jesús:

—Señor, ¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Mientras Pedro estaba hablando, una nube luminosa se posó sobre ellos, y de la nube salió una voz, que dijo: «Éste es mi Hijo amado, a quien he elegido: escúchenlo.». Al oír esto, los discípulos se postraron con la cara en tierra, llenos de miedo. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo:

-“Levántense; no tengan miedo”.

Pienso que el Demonio nos juega una mala pasada, ya que la Transfiguración, de hecho, encierra un buen puñado de lecciones y enseñanzas que todos nosotros deberíamos considerar a diario. En el fondo, ésta constituye una ejemplificación de lo que Dios ha querido hacer siempre con nosotros, los seres humanos, desde el mismo momento en que nos creó: mostrarse tal como es. Sin tapujos y sin vergüenza. ¿Cómo entender, si no, la Eucaristía? ¿O la segunda venida de Jesucristo al mundo, que tendrá lugar antes o después? Todo eso son manifestaciones de Dios, atisbos más visibles de Él.

Y lo bonito de Jesús, lo esperanzador, es que cuando se nos muestra tal cual es nosotros nos llenamos de serenidad y de alegría. Nos pide que no vivamos aterrorizados y que seamos valientes para difundir su mensaje. Nuestra fe cristiana se basa en Jesucristo y en la difusión contagiosa de su mensaje. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, y por eso parece razonable que Jesucristo nos exija incluso que nosotros mismos hagamos “transfiguraciones” con quienes nos rodean. Que, al ser testigos de la verdad de Jesucristo, procuremos imitarla y difundirla entre amigos y enemigos.