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“El Restaurante”

El restaurante

La joven luce un precioso vestido de seda azul, de amplias hombreras, con puntillas blancas cerrando el cuello. Su gesto es distendido. Apoya con gracia su brazo sobre el abrigo de pieles que ha dejado en el respaldo del sofá, junto a su perrito, que no parece molestar al caballero de la mesa de al lado, enfrascado en la lectura del diario.

La conversación continúa animada y serena, alimentada con pequeñas confidencias. Es un día frío de invierno, que torna el salón más acogedor aún. El pincel de Díaz Olano acentúa el contraste y rebosa de colorido. Hasta los crisantemos que han dejado sobre la silla están frescos, conservan su olor.

Este lienzo, de gran formato, exalta los aspectos más amables de la vida cotidiana. En un primer momento fue titulado “Contraste”, al contraponer el interior lujoso y confortable con el exterior por el que transitan dos humildes figuras femeninas, desdibujadas por el vaho de la cristalera a través de la que admiran los nuevos usos urbanos de la vida burguesa.

Ignacio Díaz Olano pinta esta obra en Vitoria, por entonces una ciudad que apenas llegaba a los 30.000 habitantes, pero en la que ya ha calado el gusto por los “restaurant”, a la manera francesa, que convivieron con tascas y tabernas más populares. Estos nuevos espacios, relacionados con el ocio y la reunión, se erigieron en epicentro de las relaciones personales y de negocios.

Hubo quien interpretó en el cuadro del maestro vitoriano una denuncia social: la diferencia entre clases, “esa gran injusticia”. Sin embargo, el espíritu católico, auténtico, libre de la carcoma igualitaria, no ve contradicción alguna entre el brillo y la placidez de un ambiente elegante o lujoso, que eleva el espíritu de quien lo disfruta, o del que, no pudiendo, lo admira, y la práctica de la caridad, que todo buen cristiano debe ejercitar.

Ignacio Díaz Olano (Vitoria, 1860-1937) comenzó a estudiar pintura en la Escuela de Bellas Artes de su ciudad, que durante la segunda parte del siglo XIX fue cantera de importantes pintores, como Fernando de Amárica, Adrián Aldecoa y otros. Entre 1876 y 1880, continuó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, donde uno de sus profesores fue Gustavo Bacarisas. Tras un regreso temporal a su ciudad, se desplazó a París, donde trabajó para el Teatro de la Ópera. En 1884, gracias a su amigo Felipe Arrieta, estuvo trabajando en Roma, tras lo cual regresaría y se afincaría definitivamente en la capital vasca, donde fue profesor de un gran número de pintores hoy conocidos. La colección más importante de su obra se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Álava.