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Acostando al niño

Acostando al niño

La habitación es pobre. Solamente el hueco de una hornacina, donde reposa una palmatoria apagada sobre un misal, adorna la desnuda pared. El tejido que cubre la cabecera de la cuna es casi un trapo, pero los almohadones son suaves y la mantita limpia y sedosa.

La fisonomía y toda la actitud de la madre irradian ternura, afecto y devoción. Nada puede remplazar el amor de una madre por su hijo. Es un amor gacostando-al-nino-marzo-2014-p2ratuito, que no espera nada a cambio, dispuesto a los mayores y más completos sacrificios, que los enfrentará con desmesurado arrojo y alegría. Su objetivo, su prioridad, es siempre la protección y el cuidado de su hijo. Que crezca sano, que sea alegre, que tenga buen corazón… ¡Uf! ¡Cuántos anhelos y desvelos!

La figura y el afecto del padre complementa el amor maternal, pero nunca podrá igualarse y mucho menos substituirlo. Es un amor hecho a imagen y semejanza del que Dios tiene por cada uno de nosotros.

Entretanto, ¡cómo hay quien se atreve a defender que una “relación” antinatural puede equipararse con el amor materno, que todo niño necesita y al que tiene derecho!

V I D A

Johann Georg Meyer nació en Bremen (Alemania) en 1813. Comenzó pintando pasajes bíblicos, pero su especialización fue retratar la vida sencilla del campo y entrañables escenas familiares. A los 21 años ingresó en la Academia de Arte de Düsseldorf. Se le asocia a la escuela de pintura de dicha ciudad. Siete años después, en 1841, abre su propio estudio, alcanzando popularidad rápidamente. De esta época es “La hija arrepentida” expuesto en la Galería de Arte de Bremen. En 1853 se traslada a Berlín, centrando su pintura en la vida de los niños, que interpreta con alegre humor. De su última época es la obra “La carta” (1873), expuesto en el Museo Metropolitano de Arte, en Nueva York. Murió en Berlín, a los 73 años, en 1886.