
Señor Jesús, cansado del camino,
sentado junto al pozo de mi vida, me esperas.
Tú no te cansas de esperarme.
Yo sí me canso de tantas cosas: de buscar agua donde no sacia, de esconder mi sed,
de vivir con el cántaro vacío del corazón.
Hoy me dices: “Dame de beber.”
Y me desconcierta que Tú, fuente de agua viva, tengas sed de mí. Sed de mi fe pequeña, sed de mi verdad herida,
sed de mi historia incompleta.
Señor, como la samaritana, también yo llevo mi cántaro
a la hora del cansancio, a la hora del silencio,
a la hora en que nadie me ve. Y allí, en mi rutina, me sales al encuentro. Tú no miras mi pasado para condenarlo,
lo miras para sanarlo.
No señalas mis vacíos para humillarme,
los nombras para llenarlos.
“Si conocieras el don de Dios…” Hazme conocerte, Señor.
Hazme comprender que mi sed más profunda no es de cosas,
no es de afectos pasajeros, no es de reconocimientos…
Es sed de Ti.
Dame de esa agua viva que limpia mis culpas sin reproche,
que calma mis inquietudes sin adormecerlas,
que transforma mi corazón en manantial.
Señor Jesús, Tú me revelas al Padre,
me enseñas que los verdaderos adoradores
adoran en espíritu y en verdad.
Enséñame a adorarte no solo con palabras, sino con mi vida.
Que mi trabajo sea adoración, que mis relaciones sean verdad,
que mi servicio sea ofrenda.
Como la samaritana, quiero dejar mi cántaro.
Dejar mis excusas. Dejar mis seguridades aparentes.
Dejar mis miedos.
Y correr a anunciar: “He encontrado a alguien que me ha dicho todo.”
Que mi encuentro contigo me haga misionero.
Que mi experiencia de tu misericordia
se convierta en testimonio.
Señor, quédate en mi pueblo interior,
quédate dos días en mi casa, quédate en mi comunidad.
Y que muchos, al escuchar mi palabra sencilla, lleguen a decir:
“Ya no creemos solo por lo que nos han contado;
nosotros mismos hemos oído, y sabemos que Tú eres, verdaderamente, el Salvador del mundo.” Amén.


