Usted está aquí

La entrada al banquete celestial

Escritor

Me pareció un tema interesante, sobre el que conviene pensar un poco para poder responder a algunos sofismas que inundan diversos medios y especialmente los que pertenecen a los enemigos de la Iglesia.

Algunos han descrito el purgatorio como un sitio, lugar o espacio, donde los muertos sufren tormento como castigo por sus pecados, durante un tiempo variable según el caso. Esto no es más que una metáfora de difícil aplicación puesto que las almas son espíritus y no les resultan aplicables los conceptos de tiempo ni espacio. Por otra parte, esa imagen de los tormentos produce el rechazo de quienes los consideran como una venganza incompatible con la infinita misericordia de Dios.

Cuando comparamos las vidas de los grandes santos con las nuestras, no podemos evitar la consideración de la Justicia Divina que podría sugerir diferentes grados de felicidad eterna. A favor de la hipótesis de mayor o menor proximidad a Dios, hay la referencia evangélica a quienes estarían destinados los puestos “a derecha e izquierda” de Nuestro Señor, pero en contra de esa hipótesis de diferente recompensa, estaría la parábola en la que los trabajadores cobraron lo mismo por diferentes tiempos de trabajo...

Otra referencia evangélica es la parábola en la que a los invitados a la fiesta se les exige que acudan con vestimentas adecuadas y se expulsa a quien se presenta de forma impropia.

Desde mi condición de católico de a pie, pues no soy teólogo, sugiero la siguiente aproximación al concepto de Purgatorio: 

El Purgatorio corrige o purifica toda la historia espiritual de las almas que quieran seguir a Cristo hasta el Cielo, de forma que aún llegando al final de sus vidas con sus vestimentas más o menos sucias, todos saldrían del Purgatorio con aspecto impecable. A este respecto, propongo el símil de una lavadora con diferentes programas, en la que cada uno sufriría el tratamiento adecuado, para conseguir un espíritu digno de acercarse a Dios y gozar de la Felicidad Eterna. ....Y no olvidemos que los mejores prelavados son los sacramentos y la oración.