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Fe y obras

Fe y obras

Los cristianos sabemos las verdades esenciales de nuestra religión, sabemos que Dios es nuestro Padre, que nos ama y que se hizo hombre para enseñarnos a amar, pues como dice San Juan Evangelista, Dios es amor y como nos dijo Nuestro Señor Jesucristo, para ir con Él, hemos de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Lo tenemos claro en teoría, pero oscuro en la práctica.

Los católicos creemos que para salvarnos no basta con la Fe, que seremos examinados del amor. La cuestión es ¿por qué nos cuesta tanto amar?
Entre la infinidad de definiciones que podemos encontrar en la Literatura Universal, la más breve y en mi opinión la más completa es “Amar es dar”, pero debemos entender por dar una acción voluntaria, por la que nada perdemos sino que participamos en la creación de un mundo mejor.

La mejor escuela para aprender a amar es la familia, donde los hijos son amados incondicionalmente y los padres tienen la dicha de darles todo lo que pueden para su mejor desarrollo, enseñándoles a andar, hablar, leer, rezar y sobre todo a amar. Esa práctica es esencial, porque amando se enseña y se aprende a amar como Dios nos ama.

Albert Einstein escribió a su hija: “Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el AMOR. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta”

Es fácil amar a un hijo porque su necesidad ablanda el corazón. No es tan fácil amar al prójimo cuando no apreciamos su necesidad e incluso nos sentimos víctimas de su egoísmo. Solo recapacitando sobre nuestro propio egoísmo, que nos aparta del camino de Cristo, podremos mejorar en la práctica más importante de nuestra vida.