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Después de la tempestad se hizo la calma

Escritor

El COVID-19 ha provocado decenas de miles de muertos en España, que no podremos olvidar. El dolor por la muerte de familiares o amigos, dejó paso al confinamiento y al miedo, mientras los hospitales estaban colapsados, con escasez de respiradores para los pacientes graves y escasez de medios de protección para el personal sanitario. Poco a poco, ha ido reduciéndose el número de infectados y ha mejorado el conocimiento de la enfermedad y las terapias adecuadas.

El miedo disminuye y el buen tiempo nos ayuda a ello. La vuelta a la vida normal, a la libertad de movimientos y también a la vida religiosa con las iglesias abiertas, nos impulsa a dar gracias a Dios porque nos ha permitido seguir disfrutando de la vida terrenal y también por habernos dado la oportunidad de reflexionar sobre su carácter efímero y nuestra necesidad de oración para encaminarnos a la Vida Eterna.

Las nuevas tecnologías nos han permitido asistir a las celebraciones eucarísticas por internet y aunque no es lo mismo, sin duda nos facilitaba la vida religiosa y fue también ocasión para escuchar a pastores de diferentes diócesis. Uno de ellos, el obispo de Alcalá,  ofició una misa funeral por todos los difuntos de la pandemia en España y el resto del mundo, en cuya excelente homilía nos sentimos llenos de la paz que nace de la  Fe, la Esperanza y la Caridad. Desde aquí hago constar mi profunda gratitud.

Respecto a la vida social, también debe servirnos esa penosa experiencia del confinamiento, para recapacitar sobre lo que podríamos perder, si olvidamos que la defensa de la vida, la familia y la libertad en nuestra patria debe ser un compromiso exigible a todos nuestros políticos, pues sus diferencias ideológicas sólo son legítimas si no transgreden la ley natural o dicho de otra forma, la Doctrina Social de la Iglesia.