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Una sociedad que asesina bebés

La terrible noticia de la muerte de un bebé británico, a quien se negó el derecho a viajar al Vaticano para mantenerle con vida, recibiendo el amor de sus padres y la atención médica adecuada, nos hace reflexionar sobre dónde estamos y cuál sería el destino de un mundo sin amor, un mundo que parece ignorar a Dios.

Nuestro creador nos hizo semejantes a Él en cuanto a nuestra capacidad de amar y después nos dio el ejemplo de su amor infinito, al hacerse hombre y sufrir Su Pasión y Muerte para mostrarnos que el amor es el camino hacia la Vida Eterna.

Amar a Dios es reconocer la infinita bondad de nuestro Padre y amar al prójimo es imitar a Cristo, es generosidad, es el placer de dar felicidad, es lo contrario del egoísmo, es la única forma de ser mejores.

La civilización occidental tiene sus fundamentos en el cristianismo, en el respeto a la dignidad del hombre, sus derechos y libertades. Esta civilización, la más avanzada de la historia, no satisface a algunos y, curiosamente, parece que los más insatisfechos son los más poderosos, quizás porque cuanto más tienen, más desean y su afán de dominar el mundo choca con la doctrina cristiana que declara a todos los hombres hijos de Dios.

La revolución anticristiana no tiene más fundamento que el barro de la ambición y la soberbia de unos pocos, que cuentan con poderosos medios para difundir e incluso imponer cualquier aberración, desde el aborto a la eutanasia.

Nadie entiende que una nación civilizada como Gran Bretaña niegue algo tan obvio como la potestad de unos padres sobre su hijo a efectos de su traslado a un hospital del Vaticano. Quizás quienes tomaron la decisión pretendían socavar el derecho a la vida y la potestad de los padres, principios fundamentales del derecho natural y de la Civilización Cristiana.

Recemos para que ese trágico hecho no signifique el inicio del hundimiento de Europa. Frente a esa revolución, que idolatra el dinero y desprecia al hombre, tenemos que mantener nuestra Fe, nuestra Esperanza y nuestra Caridad; que su odio no destruya nuestro amor y nuestra Iglesia, que es lo único que prevalecerá hasta el fin de los tiempos.