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Año Nuevo, líos viejos y deseos nuevos

Año Nuevo, líos viejos y deseos nuevos

Empieza un nuevo año en el que seguiremos rezando por la Iglesia y muy especialmente por el Papa, oración que él no se cansa de pedir a todos, para que su gran esfuerzo al fomentar la misericordia en todo el mundo, de frutos de conversión y no sea malinterpretado por los que pretenden confundir el Amor con el buenísmo y la Pasión de Cristo con una tragedia mitológica.

Un Año Nuevo debe ser tiempo de renovación y de limpieza espiritual, también en la Iglesia, pero ¿dónde está la suciedad a limpiar con o sin líos?  En mi opinión, debemos discernir, en el sentido de marcar la diferencia entre las verdades divinas, incluida la autoridad espiritual del Sucesor de San Pedro y las cuestiones temporales, incluidas las normas removibles que en cada momento de la historia se han considerado apropiadas para guiar mejor la Iglesia. Es en lo temporal donde se puede y se debe limpiar, como hizo Jesucristo cuando marcó la diferencia entre el mandamiento del Amor y la norma del descanso sabatino. Sin duda, ahora marcaría la diferencia entre Su Palabra y nuestro ruido, entendiendo por tal todo lo susceptible de ser mal interpretado. En ningún caso se borrarán las conclusiones de aquellos Concilios en que se hizo limpieza de las herejías que deformaban la Palabra de Cristo, o negaban la unidad esencial de la Iglesia que fundó sobre la firmeza pétrea y la autoridad de San Pedro. Esto es aplicable a los luteranos, a cuya conversión no ayudaremos con gestos relativistas, sino con el testimonio de nuestra Fe, nuestra Esperanza, nuestra Caridad y nuestras oraciones.

Finalizo este artículo, compartiendo con mis lectores la petición a San Antonio de que interceda por todos nosotros, nuestras familias y el mundo entero, para que seamos mejores en 2018.